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El dolor y el sufrimiento como ofrenda para romper el ciclo de la violencia en Colombia.

El gran dolor de Pastora Mira no ha desaparecido

Imagen señal multidestino

El gran dolor de Pastora Mira no ha desaparecido, se ha transformado con el paso del tiempo en una ofrenda para que la paz renazca en Colombia.

La historia de esta mujer, víctima de la violencia armada de los últimos años, fue relatada por ella misma ante el papa Francisco en el parque Las Malokas de Villavicencio, Colombia.

Poco a poco sus palabras llegaron al corazón de aquellos que la escuchaban. Los grupos armados asesinaron a su padre, los paramilitares a su esposo, a su hijo y a su hija.

Cuatro actos violentos que ella pagó con amor. ““Cuando tenía seis años, la guerrilla y los paramilitares aún no habían llegado a mi pueblo, San Carlos Antioquia. Aun así, mi padre fue asesinado. Años más tarde pude cuidar al asesino quien ese momento se encontraba enfermo, anciano y abandonado”, relató con voz entrecortada.

Visiblemente impactada por sus sentimientos y recuerdos siguió contándole al papa Francisco y al mundo su tragedia. “Cuando mi hija tenía dos años asesinaron a mi primer esposo. Enseguida entré a trabajar a las inspecciones de Policía, pero a ellas tuve que renunciar por las amenazas de guerrillas y paramilitares que ya se habían asentado en la zona. Con grandes esfuerzos logré establecer una juguetería, pero allí continuaron las extorsiones de los mismos grupos, guerrilla y paramilitares. Recurrí a regalar toda la mercancía”.

En medio del relato de aquella mujer, el papa Francisco no perdía detalle. Escuchaba atentamente esa declaración de perdón y amor en medio del dolor.

Y Pastora proseguía: “En el año 2001 los paramilitares desaparecieron a mi hija Sandra Paola. Emprendí su búsqueda, pero encontré el cadáver solo después de haberla llorado por siete años. Todo este sufrimiento me hizo más sensible frente al dolor ajeno y a partir del año 2004 vengo acompañando y trabajando con familias víctimas de la desaparición forzada y en condición de desplazamiento. Pero no todo estaba aún cumplido. En el año 2005 el bloque Héroes de Granada de los paramilitares asesinó a Jorge Aníbal, mi hijo menor. Tres días después de haberlo sepultado atendí herido a un jovencito y lo puse a descansar en la misma casa que había pertenecido a Jorge Aníbal. Al salir de la casa este joven vio las fotos y reaccionó contándonos que él hacía parte de ese grupo y era uno de sus asesinos. Además, nos narraba cómo lo habían torturado antes de darle muerte”.

Tanto dolor, tanta amargura, tanto amor reprimido hicieron que Pastora enfocara su voluntad en perdonar a sus victimarios. “Ahora coloco este dolor y sufrimiento de las miles de víctimas de Colombia a los pies de Jesús, del Jesús crucificado para que lo una al suyo y a través de la plegaria de su santidad sea transformado en bendiciones y en capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que en las últimas cinco décadas ha sufrido Colombia”.

Y esta víctima de la violencia abrió su gran corazón a los colombianos y el mundo al clamar que “como signo de esa ofrenda de dolor depongo hoy a los pies del Cristo de Bojayá la camisa que mi hija Sandra Paola, desaparecida, había regalado a mi hijo Jorge Aníbal asesinado por paramilitares, la que conservamos en familia como auspicio de que todo esto nunca más vaya a ocurrir. Y que la paz triunfe en Colombia”.

Así Pastora empezó a cerrar su largo camino de dolor con la mirada en alto extendiendo su mano a aquellos que la ultrajaron. “Ni el dolor ni las cosas negativas me ayudarán a recuperar a los seres queridos”, puntualizó.